Quienes hemos conocido a Moncho andamos estos días impresionados y tristes. No solo porque hemos perdido un gran amigo sino porque no terminamos de creernos que ese torrente de vitalidad y optimismo se haya ido sin más. Moncho era el amigo del alma  para muchos: lo conocí a los pocos meses de fundarse el Grupo scout Poseidón, de hecho él fué uno de los que lo fundaron. En aquellos años ya era un espíritu libre y rebelde a pesar de sus escasos 12 años, cuando aún lo llamábamos Monchito. Era un lider nato y un inconformista: guía de la patrulla Jack del Poseidón, impulsor de la Tropa Pirata que surgió en el Grupo durante una ronda solar y protagonista de la escisión de los pioneros, dando paso a la formación de  un nuevo Grupo scout: el Ballestrinque.

Su nombre de totem, Lobo de Fuego, lo definía con precisión: fuerte física y emocionalmente, entusiasta, independiente y…..como el fuego… arrasador.

En aquella época Moncho canalizaba toda su energía en los scouts, donde él se encontraba seguro y feliz, lo que le terminó pasando factura en sus estudios, como a menudo pasa con los más brillantes dentro del sistema educativo.

Con el tiempo el Grupo Ballestrinque se consolidó y nuestros caminos se separaron, pero como suele ocurrir con los amigos auténticos,  sabíamos que con Moncho solo existía una distancia física, derivada de haber dejado de vernos día a día.

Con los años el escultismo de nuevo nos unió, esta vez como padres dentro de nuestro mismo Grupo de niños: el Poseidón. Y esta nueva situación nos dió la oportunidad de conocer a Moncho en otras facetas de su vida, como siempre sobrado de energía y dedicación: Moncho estudiante (alumno de la UNED a punto de licenciarse en Psicología con un brillantísimo expediente), Moncho marido (estable y centrado en hacer feliz a Mari) y Moncho padre (padrazo auténtico, conversador incansable con su hijo).

Creíamos que teníamos media vida por delante para consolidar este nuevo encuentro, por eso iniamos los pasos lentamente. Le hablamos de AGAE y enseguida, ¡¡¡como no!!!!, se convirtió de nuevo en uno de los nuestros, aunque a decir verdad, nunca había dejado de serlo. En Navidad pidieron padres de apoyo para una actividad del Grupo y nos apuntamos en el mismo turno con el fin de coincidir y echar un buen rato de charla. El destino hizo que no nos viéramos finalmente, pero Moncho se dejó olvidada su pañoleta de AGAE  en el lugar que luego ocupé yo, por lo que se la guardé para devolvérsela en el próximo encuentro.

Hablamos de organizar una comida con todos los del Ballestrinque para recordar viejos tiempos y retomar el contacto de nuevo. Moncho era imprescindible, lo llamaríamos el primero para que contactara con todos los demás. Allí le llevaría yo su pañoleta olvidada. Pero de nuevo el destino nos obligó a aplazar la fecha de la comida prevista para Mayo y concretarla para después del verano.

El viernes, cuando me dijeron que Moncho había muerto persé que todo era un lamentable error, incluso llamé al cementerio para asegurarme. Claro, no pregunté por Moncho ni por Lobo de Fuego, pregunté por sus tres nombres: José Rafael Angel Montero Sánchez….sí estaba allí y no pude contener un torrente de lágrimas por una muerte tan brusca e inesperada.

Pensé en su hijo, en su mujer, en sus amigos, en su vitalidad, en su pañoleta que estaba en mi cajón, pero sobretodo pensé en que un trocito de mí y de todos sus compañeros y compañeras de andanzas y aventuras  se moriría con él. Quedaba poco tiempo para hacérselo saber. Al subir al cementerio recordé la primera excursión que hicimos al coto, ese cerro pequeño que hay un poco más arriba y miré el murete de ladrillo semiderruído donde nos sentábamos a mirar atardecer los troperos y las troperas de entonces. Moncho andaría por ahí, ya no estaba en la sala 2 del cementerio, su espíritu libre se había escapado horas antes a ver amanecer desde el murete, para despedirnos a todos con su eterna sonrisa.

Autor: Tonuka

 

 

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